miércoles, 6 de abril de 2016

Un picaflor en el jardín de Santa Clara del Mar










Veo un picaflor. 
Todas las mañanas sobre las rosas.
Ahora sé que es el mismo
porque siempre llega puntual y
repite el orden de las flores.
Cuando todavía está lejos
reconozco el zumbido inconfundible
bien cerca de mi oreja derecha.
Y el mismo destello tornasolado
se desprende de sus alas.
Su reflejo en un vidrio de la galería
me encandila y me hace cerrar
los ojos.
De tan cerca impresiona.
Un ave pequeña
de apariencia gigantesca
verde azul y una franja amarilla
ojos negros de cabeza de tachuela
con el batir infinito y perfecto
las alas grises se convierten
en aletas de un pez volador
flotando imprevisible
primero aquí, después allá
el pico extenso de pala mecánica
ejecuta vibraciones intermitentes
así se presenta y le habla a las flores
en un código telegráfico propio
así cada tanto
succiona el néctar para su deleite
para seguir volando y fecundar
infinidad de flores
así me deja con la boca abierta.
Cuando abro los ojos desaparece.

Cada día a la misma hora
veo las rosas de pétalos caídos
los tallos que se inclinan
sin la energía del vuelo.
Será así
la manera de extrañarlo
hasta su regreso al otro día.




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